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Bienvenido a la surrealidad.

19 julio, 2015

Caos y tú, tú y el caos.

Creo que ya lo entiendo.
Mirada perdida, como de costumbre, sé que me estás escuchando. Siempre lo haces, no puedes evitarlo -como yo el escribirte-.
Hoy he vuelto a mirar por la ventana y, al acordarme de esos días raros en los que la autodestrucción era tan frecuente -no placentera ni consciente, tampoco provocada, no como ahora-, he creído oportuno ir más allá.
He recordado los gritos y las lágrimas de dolor, el ardor en la garganta, la frustración.
He revivido los frenos de repente, el olor a gasolina y el escozor de ojos -también el contraste de la sangre en tu pálida frente y el de la lluvia mojando mi paraguas granate-.
He vuelto a ese momento tan temido, a la angustia producida por tan sólo respirar, al golpe en el centro de todas mis deudas.
He vuelto al comportamiento asintótico, a escapar cuando no me siento segura, a los pedazos de cristal.
Sí, he vuelto a admirar la belleza de mis dominios desde la más alta torre, aquí en mi fortaleza; he vuelto a amenazar a los que intentaban sobrepasar mis muros, a refugiarme entre mis cuatro paredes donde no existe más luz que la tuya -o solía hacerlo-.
Y todo -aquí dentro, muy dentro- se ha roto en mil pedazos. Y está bien. Es como tiene que ser.
Así que creo que ya lo entiendo.

Hoy, el retorno de los rayos de sol entre los huecos de la persiana no han hecho sino convertirme en un fuego reconfortante, un fuego aliado; no he quemado, por un segundo no había nada que temer. Era la antorcha encendida en la almena, la hoguera en la más fría noche del más devastador invierno.
Era el silencioso y mortífero caos.
¿Por qué siempre huimos del caos? Porque es justo. Porque es apropiado y oportuno. Porque tiene que ocurrir. Porque no lo controlamos. Pero ahí estaba yo, a su lado, ahí dentro, disfrutando del descontrol.
Y casi creía tocarlo.
Casi lo podía saborear con la punta de la lengua, casi agarrarlo, casi aferrarme a su dulzura, casi lograr que fuese mío.

Y he hecho mal, he vuelto a fallarle. He vuelto a fallarte.
Pues es algo que no está hecho para poseerse, algo que no está destinado a buscarse, que se encuentra de repente -sin previo aviso, cuando casi crees haberlo olvidado-.
Y yo lo tenía. En frente de mí. Me ha mirado a los ojos y me ha consolado. Me ha dejado llorar y también gritar, gritar hasta que mi garganta sangrase. Me ha dejado salir corriendo, me ha permitido romper las ventanas.
No me ha culpado por caer ni por sangrar.
No me ha juzgado cuando necesitaba mentir, cuando volvía a desconfiar de mi propio mundo.
Y es por eso, es así, por lo que no está hecho para mí, no puedo poseerlo.
Me ha dejado darme cuenta, me ha sonreído y se ha marchado con un deje de tristeza.
Casi como lo hiciste tú.
Creo que ya lo entiendo.