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Bienvenido a la surrealidad.

03 mayo, 2015

En el silencio está mi hogar

Hundirme intentando arrastrar conmigo lo poco que quede de mi memoria.

No comprender cómo sobrevivo a mí misma
si tan sólo me destruyo, si no dejo a la luz entrar.
No concebir por qué aún a ratos no he dejado de luchar,
si no me queda nada que salvar.

Es cierto, a veces hay que dejarlo ir sin más
mas esta vez no voy a cesar en la búsqueda ese veneno tan conocido -tan mío-,
ese que avive la llama y sea capaz de arrasar,
ese dolor tan altamente corrosivo.

La autodestrucción,
cuán maravillosa llega a ser cuando se posee el control.
La predeterminación
por no detenerse nunca hasta encontrar ese amargo sabor.

Y sí.

Ahora en el silencio está mi hogar,
este incesante frío interno,
esta ira cada vez que intento ser,
este perderme en mi agujero negro.

Ahogarme con mi propio aliento,
abrir los ojos y echar de menos la oscuridad.
Crear vacíos a mi paso,
sentir cómo me debilito -sin ser una alternativa la piedad-.

Apagarme en uno de mis intentos por vivir,
encontrarme varada sin más remedio en el asfalto,
si el timón se ha roto y no hay más viento que el que te impulsa a dar el salto,
si no queda nada de tu rastro que seguir.

Pero qué más da
si al final del día
lo único que cuenta contigo
es las veces que has sonreído
y sentido
-de verdad-
y vivido
-al fin y al cabo-.

Pese a la ponzoña y a la quemazón,
a la angustia vital.
Pese al miedo sobrecogedor,
al gesto glaciar.

Y, pues, qué más da
si aquel ser insomne,
aquel ser maldito
sigue aquí dentro, austero e inmóvil
sin piedad
sin tregua.

Esa criatura que no conoce descanso ni saciedad.
Siempre pide más. Más sangre, más sudor y más grietas.
Esa criatura que se apodera de mí cada noche.
Expandiendo mi mente hacia sitios inimaginables, dándome a conocer el mundo entero.
Esa que le sonríe al espejo con una morbosidad enfermiza.
La misma que intenta convencerme de que no somos semejantes.
La misma que cobra un alto precio por enseñarme sus más oscuros secretos.
Y yo, mientras tanto, la dejo hacer, autoconvenciéndome de que no quiero pagar el precio, dándome motivos para negar quién es realmente la criatura, cerrando los ojos cada vez que los trozos de lámina que devuelven mi reflejo se clavan en mis manos llenas de vacíos y noches que soñar con guerras.
Sentir cada gota carmesí que brota de mis ojos como las primeras lluvias de abril.
Hallarme prisionera y esclava de mis demonios y mi monstruo interior.
Descubrirme ebria de euforia y abstracción.
Saber que no soy más que el hilo que sepulta temporalmente o el mirar hacia otro lado en un silencio aplastante.
Que no soy más que sombras proyectadas en la pared. Las pesadillas, el sudor frío.
Los recuerdos punzantes -la punta de flecha-, la imposibilidad de ser libre.

Y así,
hundirme intentando arrastrar conmigo lo poco que quede de mi memoria.