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Bienvenido a la surrealidad.

23 mayo, 2015

Arder.

Solía sentarse en un banco, frente a cualquier parque, mirando hacia donde hubiera nubes y el caos ejerciera su derecho a ser.
El orden establecido era realmente patético y simple -tal vez fuese por eso por lo que solía evadirse en la destrucción, el único sinónimo de creación que conocía-.
Mas no siempre era así.
Mejor dicho, realmente sólo era así en su lugar favorito -recordemos, sola con sus ideas, donde nadie pudiera escuchar sus trémulos suspiros, sus incongruentes borrones de tinta, su mente turbada o sus miradas absorbentes-.
Y en ocasiones no había nada más.
En ocasiones se trataba de, al no tener cerca esos desastres tan suyos con los que poder sentirse menos sola, escribir.

Escribir hasta que la tinta se de por vencida,
escribir hasta que duela, hasta que sangre.
Es ingenuo por su parte -el papel-
el no haberle dado aún por perdida.

Y la sangre coagulada
y la piel desgarrada
y el veneno liberado
y el jadeo exhaustivo.

El creerte amo y seño de tus trazos
-el estar totalmente equivocado-.
El contemplar la senectud de otra cosa que no sean arcadas al ver al megalómano rey sol pasear cada mañana.

Y luego ardía. Ardía junto con el papel y sentía que al fin sabía lo que quería.
Arder. Sin importar a quién quemase en su paso, sin pensar en cómo quedaría su cuerpo después.
Poder ser -con todo su fuego incontrolable e incomprensible- sin miedo a no entender nada, a que todo se escape de sus manos. Poder verse en el espejo y, por primera vez, mirarse, por dentro, a sí misma realmente -como quien mira en el fuego, y no al fuego, embobado por su majestuosidad-.

¿Acaso podrá alguien sofocarme si no estoy ardiendo?
¿Acaso podré fluir sin estar en mi estado original?
¿Fluye la llama?

Arder y sólo... arder.