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Bienvenido a la surrealidad.

08 febrero, 2015

Hay cosas -y personas- que un día cualquiera te sorprenden sacándole brillo a tu característica coraza, esa de la que siempre te has enorgullecido.

Qué ocurre entonces, te preguntas.
Ocurre que no hay manera de retroceder.

Qué si es bueno o es malo, dices.
No sabría contestarte, no por falta de sinceridad ni de conocimiento, sino por falta de experiencias clarificadoras.
Estos sucesos no podrían denominarse buenos ni malos, sino sorprendentes.
Llega un momento en el que tu muro, tu caparazón, es lo único que ves, lo único que esperas, lo único que quieres ser. Por lo tanto, que venga alguien a echar todos tus principios por tierra, que te haga cuestionar tus muros -que eres tú mismo- es algo que no cabía dentro de tus planes, no podías llegar a imaginar que alguien podría irrumpir en tu caos personal -tranquilo y ordenado en su desastre- y quebrantar ese escudo impenetrable.
Pero lo hace. Y no solo una vez, en ocasiones incluso crea un túnel en el que tú no tienes poder; en ocasiones ya no eres tú quien tiene el control de tus cerraduras; en ocasiones estás tan aburrido de tí mismo que realmente era lo que necesitabas para empezar a aprender a vivir, un poco sólo, lo mínimo para darte cuenta de que las cosas no son siempre como lo son en tu caos -tampoco tan buenas como nunca has creído-, que se puede ser de otra manera, que puedes ser algo más que cuatro paredes y el esfuerzo por mantenerlas a cada instante.
Que, en ocasiones, se puede dejar de tener miedo. Dejar de intentar autoconvencerse de que hay que estar alerta, de que todo puede dañarte cuando menos te lo esperes.
Pues claro que puede dañarte -probablemente lo hará-, pero -como decía Benedetti- herirse no es desangrarse.

Y después, cuando se va, qué sucede, gritas.
Bien, siempre acaba sucediendo, es cierto, nada dura eternamente -O sí. Podríamos decir que el tiempo es subjetivo e intentar limitarlo todo y limitarnos es solo una excusa para no perdernos, cuando es justo lo que acabamos consiguiendo.- Y tú no vas a poder evitarlo, no vas a querer evitarlo.
Pero el puente sigue ahí. El agujero no lo va a llenar la tierra que arrastre el viento del portazo, no vas a saber reconstruir algo que desconoces cómo ha sido creado. Vas a sentirte frustrado y vas a querer -más que nunca- encerrarte en tus cuatro caóticas y frías paredes; y, a la vez, vas a necesitar que alguien vuelva a destruirte de esta manera.
No vas a sentirte como antes -no como entonces, di adiós a sentirte bien del todo en tu soledad permanente- hasta que algo consiga sorprenderte y fascinarte de nuevo.

Y luego, qué ocurre entonces, cómo puedes seguir en este momento, lloras.
Esto es solo el principio. Verás, has aprendido algo -no preguntes el qué-, has visto algo nuevo, has mirado más allá de las historias escritas en cada ladrillo, han resquebrajado tu muro y ahora no puedes dejar de mirar por esa maravillosa brecha. Esa brecha que no sólo es externa. Que te hace no arrepentirte de nada -no del dolor, no de la destrucción, no de la sensación de ser derrotado-.
Así pues, probablemente lo que ocurra que es no quiera dejar de mirarla, de esperar otra brecha -más grande, más destructiva, más sorprendente-, y otra, y otra.
Para que me enseñe cómo es ahí afuera.
Para que no quede nada que derrumbar.
Para poder salir.
Para poder aprender a vivir de verdad.

Que si es bueno o malo, dices.
Espero poder responderte algún día.

05 febrero, 2015

Sentirme partida por la mitad, no saber qué parte potenciar.
Querer desaparecer por un momento y que nada- ni el sol, ni el viento, ni los que pasan y te miran sin verte, ni tus propios muros, ni los coches aparcados en paralelo, ni la colilla aún humeante gritando desde el asfalto ardiente- pueda hacerte pensar en otra cosa.

Como una hoguera, frustrada e impotente a causa del viento.
Como esa ola que rompe antes de que nadie se haya fijado en su belleza.
Como esa sombra, proyectada en un callejón por la tenue luz de una farola a altas horas de la madrugada.
Como cuando necesitas llorar y lloras, aun sin saber por qué.
Como cuando quieres reír y te resulta imposible.
Como cuando andas por andar y te encuentras corriendo, huyendo -de ti mismo-.
Es triste.

Como ser un muro que te aisle del viento.
Como hacer una foto en el preciso momento en el que rompió aquella magnífica ola.
Como sacar la luz de dentro y ser capaz de disiparlo todo.
Como no querer derramar ni una sola lágrima más de lo necesario.
Como reír porque te resulta imposible parar, porque sí.
Como cuando encuentras algo -o alguien- a lo que llamar hogar, al que siempre vas a querer volver.
Es todo lo contrario.

Buscamos algo que nos dé lo que creemos no tener, algo que nos complemente.
Es triste.
Pensar que jamás podremos ser incondicionalmente.
Es triste y, a la vez, todo lo contrario.