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Bienvenido a la surrealidad.

25 enero, 2015

Adiós a las terceras personas e impersonalidades.

Echaba de menos estos agujeros negros. 
Esos que sientan en el banquillo a mi autodestrucción, que hacen que sea posible recordar sin que duela, esos que me ayudan a que la sonrisa dibujada no se emborrone -ya que hacen que cese de llover, aunque sea por unos minutos, aunque sea por unos segundos-.

Echaba de menos la risa de los desastres andantes que -sin proponérselo, claro está- han venido a salvarme.


Echaba de menos no sentir que me desangro a cada sonrisa y a cada buen gesto, 

echaba de menos este agradable dolor al mirar el sol y no apartarlo de mi vista.

Echaba de menos poder apartar la impersonalidad y dejarla para otra ocasión,

echaba de menos vivir sin miedo a derrumbarme en los abismos que mis propios pasos iban creando, aguantando un peso que nunca debió estar allí -y que he decidido no dejar ir-.

Echaba de menos ser mi lugar favorito y poder compartirme, 

y, ¿sabes?, echaba de menos algo que echase por tierra mis intentos de dejar de intentarlo.

Echaba de menos mi risa.

Mi risa, la de verdad, esa que nace en el estómago y no suele tener nombre, aunque lo tenga a veces -no uno, pero tampoco demasiados-.

Echaba de menos que lloviese sobre mojado y, aún así, poder notar cada gota como si jamás hubiese sucedido.

Echaba de menos mirar al caos a los ojos, dejar de rehuirlo.
Echaba de menos aceptar que nada va a ir bien -pero, a la vez, que tal vez pueda ir mejor-.

Echaba de menos que el efecto de los contratiempos fuese justo el contrario a su función.

Echaba de menos querer que sucediesen los accidentes de los que hablo, los que están entre líneas,
echaba de menos que quisieran que yo sucediera.
Y es que hay desastres que simplemente son preciosos,
dolores que son -además de necesarios- placenteros.

Echaba de menos dejar de crear muros para intentar no herirme,
dejar de intentar coserme y esperar estar como nueva.
Echaba de menos la naturalidad de la fatalidad,
echaba de menos la belleza de las hecatombes.

02 enero, 2015

"Fríos que queman."

El poder corrompe.
El no poder anula.

El querer impulsa.
El no querer entristece.

Porque el esperar desespera,
pero el no esperar también.

Porque a veces, poseer y carecer suele significar -paradójicamente- lo mismo.
Porque hay cánones en los que nos hundimos, agujeros que nosotros mismos cavamos, salidas que nunca encontramos por miedo a lo desconocido.
Porque hay batallas que es mejor perder, silencios que es mejor romper y miradas que hay que luchar.
Porque hay cadenas que forjamos nosotros mismos, caminando sin movernos -eslabón a eslabón- sin darnos cuenta de la monotonía, sin poder criticar, obviando la realidad.
Porque existe la felicidad momentánea, la alegría de los momentos, la felicidad que convertimos en meta, la felicidad como estilo de vida y luego está la felicidad que te define -la que no se puede definir-.
Porque hay lluvias que no se ven, lluvias que son interiores.

Así me siento yo.
Lluevo.
Por dentro.
Sin nubes ni agua.
Dicen que hace más frío cuánto más despejado está.
Fríos que queman.
Y yo, sin agua y sin nubes y con todo este espacio, a veces ardo.
LRL.