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Bienvenido a la surrealidad.

12 diciembre, 2015

Querida yo:

Lo cierto es que estaré exhausta pero no consumida, que no hay mayor dulzura que la del fuego en las venas y no hay mayor locura que la que te hace ser hasta no poder más.
Lo cierto es que no voy a poder correr hacia un destino que no me convenza y no voy a volar si las nubes no me dan su permiso.
La realidad es que habrá noches que me sienta a escribir y no pueda más que llorar. La realidad es que cuando me pregunten el por qué de mis abrazos vacíos o mis gélidas manos no podré decir nada más que... que estoy cansada. Y será la verdad.

Y lo cierto es que no sé qué podría escribir para sentirme mejor. Supongo que a veces no se trata de lo que se dice. Creo que a veces lo que realmente importa es aquello que no se puede expresar de ninguna de las maneras. Eso que te quema por dentro, duele a rabiar y, por cierto, te mantiene vivo.
Sin embargo, no puedes evitar sentirte totalmente impotente al no poder expresar cómo te sientes al despertar y ver que todo sigue ahí... y que no importa tanto -no importa nada-.

Y es que a lo mejor no soy más que esto, no soy más que las cenizas, o puede que sea de todo menos esto mismo, que sea la llama en su más puro esplendor y la sonrisa embaucadora.
Puede que no sea ninguna de las fotos de los atardeceres, amaneceres, cielos vespertinos, cielos al medio día o nubes en general; ninguno de los cafés que no terminan de gustarme con alguna persona extraña que me haga no pensar en ello; ni una de entre todas las cartas que le escribo a un alguien que está por venir o que se ha ido ya; ninguno de los viejos vinilos o los cientos de libros en la estantería.
Que no soy más que el ruido del lápiz apuñalando la hoja de papel, o sólo soy la proporción sal-lágrima que derramo cada día.
Soy también todas las cosas que quiero hacer y que son mías en mi mente, esas que me dan mucho miedo y haría falta mucha más seguridad de la que tengo para poder llevarlas a cabo.

Lo cierto es que estoy muy, muy cansada... Tal vez haya que pararse, una vez más, a pensar.

Los latidos palpitantes en mi oreja, mi parpadeo suave y tranquilo. Es una noche que merece la pena disfrutar. Pararse a pensar en que a veces, es mejor no pensar en nada.
Pensar que a veces sonreír por mero placer puede ser lo que necesitas. Que tal vez no haya motivos, que tal vez tú mismo seas el motivo.

Apaga la luz, intenta distinguir los distintos objetos en la oscuridad. Que tus pupilas sean parte de ella, que no pueda esconderse de ti nunca más. Controla tu respiración, cierra los ojos y sumérgete en ese mundo enteramente tuyo. Allí sé lo que quieras ser por un día o no seas nada durante una eternidad.
 todo. La nada y la parte que te falta.
Ten tiempo. Para sentirlo, para verlo fluir, para saborearlo, para empatizar con él.

Tal vez no te sirva para sentirte mejor, especial, como quisieras sentirte.
Tal vez solo te sirva para darte cuenta de que tú no eres una línea del mejor párrafo de una vida perfecta; que no eres el verso más bonito y significativo del mundo.
Tal vez puedas darte cuenta de que aunque no lo seas, puedes serlo; y aunque sea improbable, esto, por definición, puede lograrse. Y lo quieres lograr.
Que quieres ser, ya no la línea del párrafo, quieres ser el best seller el cual nadie olvida y no se cansa de leer. 
O tal vez no quieras nada de eso... Sólo respira.

Y terminas de pensar, y sonríes. Y es que te das cuenta de que nunca vas a estar conforme. Y está bien.
Que la vida no te parece suficiente, que los besos, los abrazos, las risas, las fotos, los libros, las obras de teatro y la música que suena en los ascensores; los paseos de madrugada, las mañanas de no saber qué hacer con tu vida y la sensación de querer hacerlo todo, el presentimiento de que todo está por venir y que nada mejor podría llegar... Todo eso te parecerá insignificante y será lo que más te guste en el mundo.

Y es que lo cierto es que no hay nadie más que pueda hacer de mí mejor que yo. Va a ser la actuación de mi vida, el papel aclamado, el público soñado, las luces en su sitio, la tinta por gastar, la risa por estallar, el momento ahí, esperando. Esperándote.

17 noviembre, 2015

No sé cómo empezar a describir la manera en la que te siento. En la que me siento.
Creo que voy a empezar por personificarte, esa silueta ensombrecida, siempre susurrando tras mi cuello.
De veras te digo que no sé cómo explicar esta angustia vital, este permanente y usual estado al que me enfrento día tras día, año tras año, vida tras vida.
Este ser porque soy tú y que seas sólo si yo soy.

Nos he llamado historia del eterno retorno suicida.
Veamos... Se trata de un tren. Voy montada en un tren de un sólo vagón y un sólo asiento para un solo pasajero.
El tren suele parar en muchos sitios, dejándome tiempo para bajar, observar el paisaje, enamorarme, echar raíces. Luego se marcha, sin avisar, y hay tres reglas.
La primera y más importante, debo marchar con el tren cada vez que él lo haga.
La segunda regla es que nunca podré llevar compañía.
La tercera regla es que jamás el tren regresará al mismo sitio dos veces.
Puedo seguir las reglas o puedo tirarme a las vías y morir.
Elegí seguir las reglas.
No me preguntéis por qué. Tú -yo- sabes por qué.

Tú,
invisible y mortífera realidad.
Capitana de mi barco a la deriva,
maquinista de mi tren suicida.

Yo,
inservible y patética soledad.
Polizón de este barco sin destino,
emprendiendo un viaje sin sentido.

Te juro que no te estaba buscando,
pero supongo que siempre has estado entre líneas.
En el siguiente semáforo,
en la humedad consecuente de mis lluvias internas.

A veces ese susurro se vuelve inteligible. Mi nombre...
tan real cuando me necesitas,
tan inservible si no estás,
tan trémulo como siempre.

Y es que así se enamora la sonrisa de la herida
así se entiende el dolor como esencial
así soy porque tú eres
y estoy si tú estás.

Y nos damos cuenta, como conclusión,
de que no hay capitán ni tripulación,
que no hay maquinista ni viaje.
Que sólo estoy yo, y tú, que llevamos el mismo traje.

Así que, sí, silueta ensombrecida, barco a la deriva y tren suicida; pese a las heridas, a los intentos de huida, pese a la muerte y a la vida, pese a querer echar por tierra las reglas y tirarme a las vías: jamás dejes de ser.
Jamás dejes de ser y yo jamás dejaré de querer regresar a ese tren.

05 octubre, 2015

Elegía en prosa a los no pertenecientes.


Así como el asfalto reconoce las gotas de lluvia, así como la nieve nuestras pisadas, así como el cristal los dibujos de vaho sin sentido; más o menos así nos recordamos.
Vagamente, naturalmente, discreta y eficazmente.
Como recitar los versos de nuestro poema favorito, como nuestro propio nombre, como encontrar el pijama bajo la almohada, como despertar cada mañana y como pisar las hojas de cada octubre.
Usuales, predecibles e inmortales.


¿Quién recuerda los barcos que no se han hundido?
Las mejores historias se cuentan con lágrimas en los ojos y vacíos en las manos,  los mejores recuerdos se forjan con experiencias de las peores heridas sufridas; y dices que ahora... que venga lo que sea. 
Me dices que nos marchemos, que logremos estar tan lejos el uno del otro que ni podamos mirar la misma luna, que no sepamos cuándo se nos está mojando la cara porque, aunque no podamos evitar salir cuando hay tormenta... ya ni nuestra lluvia será la misma.
Tan, tan lejos que, siempre que queramos volver, siempre sea demasiado tarde.


Cada domingo que tengamos libre después de hacer el caos, cada domingo lo mismo, aullarle a la luna, jurándole cada noche que desapareceremos y la dejaremos atrás... que se vaya preparando.
Pero nunca nos atrevemos.
Nunca el valor para marcharse desequilibra la balanza, nunca nuestros gritos ahogados se escuchan más allá de nuestras neuróticas almas.


La parte que viene a continuación es nuestra favorita.
Cuando decimos al unísono que deseamos abandonar nuestro cuerpo, alma y mente; y, al mismo tiempo, que ojalá nunca dejemos de ser nosotros.
Que ojalá nuestras contradicciones más desquiciantes estén siempre a la orden del día y que la imposibilidad de tener una sola línea de pensamiento nos acabe consumiendo.
También... también morimos, a veces.
También nos cuestionamos seriamente -a carcajadas- si lo que vemos es real o tan sólo un producto de nuestra cruel imaginación; si tal vez estamos viviendo en círculos viciosos; si quizás debemos simplemente confundirnos con nuestra incomprensible inmensidad y aceptar lo que hace siglos sabemos.
En ocasiones nos aburrimos y negamos verdades universales, porque las odiamos casi tanto como odiamos esta historia, porque las verdades no existen, porque son más o menos como nosotros.
En ocasiones dejamos de usar metáforas y nos convertimos en seres literales que pesan en la espalda, que te dejan heridas infectadas en el cielo de la boca, que te originan la angustia vital de encontrarte.


Al final siempre nos gusta acabar de la misma manera en la que comenzamos.
Preguntándonos cómo es posible ser tan corrosivos y no explotar en nuestra imposibilidad para contactar con nadie más.
Preguntándonos por qué no hemos hecho nada para ser seres estables.
Preguntándonos... "¿y si no amanece?"  
¿Y si eso que nos inspira, de repente, nos corta la respiración?
Sí,  nos gusta preguntarnos por qué aún no nos hemos hundido, nos gusta preguntarnos por qué nadie recuerda los barcos que han sobrevivido y, más aún, los que han vivido.
Nos gusta recordar que, si nadie te recuerda, no existes.
Nos gusta recordarnos que nada es tan difícil, que ya nos hemos olvidado antes.
Personalmente, me gusta recordar que, para mí sigues siendo canción de cuna y elegía a todas mis caídas; sigues siendo el destino al que escaparme para perderme y así encontrarte y encontrarme, sigues siendo todo lo que se es y no se olvida 
Sí, nos gusta ser cada día más irrefutables y más contradictorios.


Pero lo que más,
más, nos gusta... es saber que no existimos.
Y que nunca,
nunca, vamos a dejar de ser.

11 septiembre, 2015

El pueril sufrimiento.

Ese dolor ciego,
los paseos vespertinos
pensando en qué podrías estar pensando
cuándo recitaste tus versos favoritos.

Los vívidos sueños
el olor a azufre
los recuerdos de repente -tu risa a quemarropa-
y los callejones oscuros.

¿Cual era la probabilidad de que tu avión de papel,
en su interminable viaje,
fuera a extraviarse
en mi fortaleza de paja y cartón, con la guardia más cruel?

Infinitesimal y paradójico,
que vinieras a destruir donde no se ha construido.

Excitante y terrorífico
que tiemble al ver mi dolor suplido.

Qué cegador resulta un sentimiento
cuando es dependiente y correspondido,
qué bonita e insignificante se presenta la muerte
cuándo creemos no tener nada que perder.

Cuán brutal nos parece la sentencia
cuando aún no entendemos la mitad de las acusaciones.
De qué manera obstruye el odio nuestra tráquea
cuándo por fin notamos la perforación en nuestro cuello y nos hallamos ungidos en sangre.

Las oraciones se hacen más y más largas
las palabras, afligidas sobremanera;
el papel calado hasta los huesos,
y los gritos...


los gritos totalmente enmudecidos.

27 julio, 2015

Ahora, ábrelos.

Cierro los ojos para renacer en mi oscuridad personal, esa que es sólo mía. -¿Sólo?-.
Cierro los ojos para sentir sin prejuicios.
Cierro los ojos para dejar de esconderme, ser del todo.
Cierro los ojos y abro los demás sentidos; los cierro y escucho cómo -gota a gota- la sangre cae y roza tu fina y reseca piel, impregnada en ese aroma tan delicado que sabe diferente a como lo esperaba, al que le sientan tan bien las cicatrices.
Cierro los ojos para sentirte y no verte -¿o era al revés?-.
Cierro los ojos para dejarte entrar y compartir mi oscuridad con la tuya-si también cierras los ojos-.

Apago la luz y no veo dónde escribo, cierro los ojos y dibujo con mi voz. En tu aire, en mi caos, en nuestra tenuidad, en este folio transparente, con esta endeble tinta, sintiéndolo todo.

Cierro los ojos para dejar lo demás atrás.
Cierro los ojos y no me importa no ver los tuyos -porque realmente los veo, los noto, están ahí, temblando-.

Y tú cierras los ojos.
Cierras los ojos porque te parece tentador. Los mantienes cerrados porque ahora lo ves claro. Porque lo comprendes, lo sientes.

Es esa música, la que se siente aquí dentro, cuando cierras los ojos.
Y no sientes nada más.
Y lo sientes
lo sientes todo.

Ahora ábrelos y no te culpes por sufrirlo.

19 julio, 2015

Caos y tú, tú y el caos.

Creo que ya lo entiendo.
Mirada perdida, como de costumbre, sé que me estás escuchando. Siempre lo haces, no puedes evitarlo -como yo el escribirte-.
Hoy he vuelto a mirar por la ventana y, al acordarme de esos días raros en los que la autodestrucción era tan frecuente -no placentera ni consciente, tampoco provocada, no como ahora-, he creído oportuno ir más allá.
He recordado los gritos y las lágrimas de dolor, el ardor en la garganta, la frustración.
He revivido los frenos de repente, el olor a gasolina y el escozor de ojos -también el contraste de la sangre en tu pálida frente y el de la lluvia mojando mi paraguas granate-.
He vuelto a ese momento tan temido, a la angustia producida por tan sólo respirar, al golpe en el centro de todas mis deudas.
He vuelto al comportamiento asintótico, a escapar cuando no me siento segura, a los pedazos de cristal.
Sí, he vuelto a admirar la belleza de mis dominios desde la más alta torre, aquí en mi fortaleza; he vuelto a amenazar a los que intentaban sobrepasar mis muros, a refugiarme entre mis cuatro paredes donde no existe más luz que la tuya -o solía hacerlo-.
Y todo -aquí dentro, muy dentro- se ha roto en mil pedazos. Y está bien. Es como tiene que ser.
Así que creo que ya lo entiendo.

Hoy, el retorno de los rayos de sol entre los huecos de la persiana no han hecho sino convertirme en un fuego reconfortante, un fuego aliado; no he quemado, por un segundo no había nada que temer. Era la antorcha encendida en la almena, la hoguera en la más fría noche del más devastador invierno.
Era el silencioso y mortífero caos.
¿Por qué siempre huimos del caos? Porque es justo. Porque es apropiado y oportuno. Porque tiene que ocurrir. Porque no lo controlamos. Pero ahí estaba yo, a su lado, ahí dentro, disfrutando del descontrol.
Y casi creía tocarlo.
Casi lo podía saborear con la punta de la lengua, casi agarrarlo, casi aferrarme a su dulzura, casi lograr que fuese mío.

Y he hecho mal, he vuelto a fallarle. He vuelto a fallarte.
Pues es algo que no está hecho para poseerse, algo que no está destinado a buscarse, que se encuentra de repente -sin previo aviso, cuando casi crees haberlo olvidado-.
Y yo lo tenía. En frente de mí. Me ha mirado a los ojos y me ha consolado. Me ha dejado llorar y también gritar, gritar hasta que mi garganta sangrase. Me ha dejado salir corriendo, me ha permitido romper las ventanas.
No me ha culpado por caer ni por sangrar.
No me ha juzgado cuando necesitaba mentir, cuando volvía a desconfiar de mi propio mundo.
Y es por eso, es así, por lo que no está hecho para mí, no puedo poseerlo.
Me ha dejado darme cuenta, me ha sonreído y se ha marchado con un deje de tristeza.
Casi como lo hiciste tú.
Creo que ya lo entiendo.

18 junio, 2015

I. Escapar

¿Sabes aquello de cuándo se enjaula a un pájaro silvestre?
¿Sabes aquello del silencio mortal?
¿De la cautivadora tristeza?

He vuelto a notar la presión en el pecho.
He vuelto a ahogarme en el llanto y a desgarrar mi garganta.
He vuelto a sentir la ira.

He vuelto a la angustia de no querer ser más.
He vuelto a escribir a oscuras.
He realizado la mayor atrocidad jamás cometida.
He sentido cómo nada me importaba.

Me ha cautivado la sangre al resbalar de mis manos.
Me ha sobrecogido el placer del dolor.
Me han estorbado tantas sombras cobardes
y tando ruido en mi interior.

Me he sentido con el derecho y el valor de darlo todo por perdido.
Me he ocultado tras mi máscara una vez más.
He encontrado el frío en las manos equivocadas,
el fuego en los ojos más inesperados.

¿Sabes aquello de cuándo nada es lo que necesitas y todo resulta ser lo que ansías?
¿Sabes aquello de no pertenecer a ningún lugar?
¿De no ser quien todos ven, y no querer cambiar?

Así pues, he vuelto a mirar desde el cristal.
He vuelto a pensar, y, «que nada me dañe si no resulta ser real».

He retrocedido y me he sentado al borde del abismo,
me he permitido volver a mis tormentas internas, a observar el caos como la más absoluta belleza.
He confesado a gritos
que la inconformidad de su mirada va a acabar conmigo.

He querido ser una sombra más y al instante me he asqueado.
He podido verme tras el conseguido disfraz,
me he comprendido y me he consolado.
He vuelto a mentirme y me he gritado
«no serás capaz».

Poco me han importado la intromisión y los destrozos,
la decepción de los días nublados.
Poco, pues divisaba el comienzo del túnel
poco, pues aún todo estaba por llegar.

¿Sabes?
Aquella vez el paragüas me dio cobijo,
pude ver saltar las gotas hasta el cielo
y cómo las tristes sombras contemplaban el mundo del revés.

Pero, ¿sabes?
Al momento lo guardé y me uní a ellas,
y en ese instante era fuego y era lluvia,
y no me arrepiento
-de haberlo sido todo y no haber sido nada-.

Y, ¿sabes?
Jamás volví a sentirme tan perteneciente y viva
como cuando volvieron los días azules
y destruyó mis muros su afán suicida.

Así que, ¿sabes aquello de cuándo se enjaula a un pájaro silvestre? No tarda mucho en morir. A no ser que escape.
Y, ¿sabes cuándo se ansía libertad y la realidad intenta aplastar ese objetivo junto con tus ganas de vivir? No tardas mucho en morir. A no ser que escapes.
Escapa.

08 junio, 2015

Qué patética e inexplicablemente absurda resultaba aquella situación, la euforia y el éxtasis.
Qué admirablemente oportuno.

Y qué
sinceramente amable y humilde
su presencia

y su ira
su sobria ira



23 mayo, 2015

Arder.

Solía sentarse en un banco, frente a cualquier parque, mirando hacia donde hubiera nubes y el caos ejerciera su derecho a ser.
El orden establecido era realmente patético y simple -tal vez fuese por eso por lo que solía evadirse en la destrucción, el único sinónimo de creación que conocía-.
Mas no siempre era así.
Mejor dicho, realmente sólo era así en su lugar favorito -recordemos, sola con sus ideas, donde nadie pudiera escuchar sus trémulos suspiros, sus incongruentes borrones de tinta, su mente turbada o sus miradas absorbentes-.
Y en ocasiones no había nada más.
En ocasiones se trataba de, al no tener cerca esos desastres tan suyos con los que poder sentirse menos sola, escribir.

Escribir hasta que la tinta se de por vencida,
escribir hasta que duela, hasta que sangre.
Es ingenuo por su parte -el papel-
el no haberle dado aún por perdida.

Y la sangre coagulada
y la piel desgarrada
y el veneno liberado
y el jadeo exhaustivo.

El creerte amo y seño de tus trazos
-el estar totalmente equivocado-.
El contemplar la senectud de otra cosa que no sean arcadas al ver al megalómano rey sol pasear cada mañana.

Y luego ardía. Ardía junto con el papel y sentía que al fin sabía lo que quería.
Arder. Sin importar a quién quemase en su paso, sin pensar en cómo quedaría su cuerpo después.
Poder ser -con todo su fuego incontrolable e incomprensible- sin miedo a no entender nada, a que todo se escape de sus manos. Poder verse en el espejo y, por primera vez, mirarse, por dentro, a sí misma realmente -como quien mira en el fuego, y no al fuego, embobado por su majestuosidad-.

¿Acaso podrá alguien sofocarme si no estoy ardiendo?
¿Acaso podré fluir sin estar en mi estado original?
¿Fluye la llama?

Arder y sólo... arder.

11 mayo, 2015

Estados de espera e incoherencia.

A veces estamos tan solos que nunca lo estamos realmente.

A veces estamos tan rodeados de gente que hemos olvidado qué son las personas.

Convertimos en tópico -y, a la vez, en utópico- lo que nos salva del día a día; destruimos aquello que puede reconstruirnos -aunque sea solo colocar una pieza- y luego esperamos.

Esperamos poder avanzar sin tener que movernos, esperamos poder cerrar los ojos y que nuestro vacío no nos consuma, ¡esperamos poder sumergirnos en arenas movedizas y no hundirnos!

Cómo vamos a vivir si no estamos viviendo.
Cómo vamos a sentir si no estamos sintiendo.

Esperamos -esperando- y esperamos -sin querer que nada pase, que nada cambie- y sólo esperamos.
Porque es mejor esperar que intentarlo y que algo salga mal -¿no?-.

03 mayo, 2015

En el silencio está mi hogar

Hundirme intentando arrastrar conmigo lo poco que quede de mi memoria.

No comprender cómo sobrevivo a mí misma
si tan sólo me destruyo, si no dejo a la luz entrar.
No concebir por qué aún a ratos no he dejado de luchar,
si no me queda nada que salvar.

Es cierto, a veces hay que dejarlo ir sin más
mas esta vez no voy a cesar en la búsqueda ese veneno tan conocido -tan mío-,
ese que avive la llama y sea capaz de arrasar,
ese dolor tan altamente corrosivo.

La autodestrucción,
cuán maravillosa llega a ser cuando se posee el control.
La predeterminación
por no detenerse nunca hasta encontrar ese amargo sabor.

Y sí.

Ahora en el silencio está mi hogar,
este incesante frío interno,
esta ira cada vez que intento ser,
este perderme en mi agujero negro.

Ahogarme con mi propio aliento,
abrir los ojos y echar de menos la oscuridad.
Crear vacíos a mi paso,
sentir cómo me debilito -sin ser una alternativa la piedad-.

Apagarme en uno de mis intentos por vivir,
encontrarme varada sin más remedio en el asfalto,
si el timón se ha roto y no hay más viento que el que te impulsa a dar el salto,
si no queda nada de tu rastro que seguir.

Pero qué más da
si al final del día
lo único que cuenta contigo
es las veces que has sonreído
y sentido
-de verdad-
y vivido
-al fin y al cabo-.

Pese a la ponzoña y a la quemazón,
a la angustia vital.
Pese al miedo sobrecogedor,
al gesto glaciar.

Y, pues, qué más da
si aquel ser insomne,
aquel ser maldito
sigue aquí dentro, austero e inmóvil
sin piedad
sin tregua.

Esa criatura que no conoce descanso ni saciedad.
Siempre pide más. Más sangre, más sudor y más grietas.
Esa criatura que se apodera de mí cada noche.
Expandiendo mi mente hacia sitios inimaginables, dándome a conocer el mundo entero.
Esa que le sonríe al espejo con una morbosidad enfermiza.
La misma que intenta convencerme de que no somos semejantes.
La misma que cobra un alto precio por enseñarme sus más oscuros secretos.
Y yo, mientras tanto, la dejo hacer, autoconvenciéndome de que no quiero pagar el precio, dándome motivos para negar quién es realmente la criatura, cerrando los ojos cada vez que los trozos de lámina que devuelven mi reflejo se clavan en mis manos llenas de vacíos y noches que soñar con guerras.
Sentir cada gota carmesí que brota de mis ojos como las primeras lluvias de abril.
Hallarme prisionera y esclava de mis demonios y mi monstruo interior.
Descubrirme ebria de euforia y abstracción.
Saber que no soy más que el hilo que sepulta temporalmente o el mirar hacia otro lado en un silencio aplastante.
Que no soy más que sombras proyectadas en la pared. Las pesadillas, el sudor frío.
Los recuerdos punzantes -la punta de flecha-, la imposibilidad de ser libre.

Y así,
hundirme intentando arrastrar conmigo lo poco que quede de mi memoria.






08 febrero, 2015

Hay cosas -y personas- que un día cualquiera te sorprenden sacándole brillo a tu característica coraza, esa de la que siempre te has enorgullecido.

Qué ocurre entonces, te preguntas.
Ocurre que no hay manera de retroceder.

Qué si es bueno o es malo, dices.
No sabría contestarte, no por falta de sinceridad ni de conocimiento, sino por falta de experiencias clarificadoras.
Estos sucesos no podrían denominarse buenos ni malos, sino sorprendentes.
Llega un momento en el que tu muro, tu caparazón, es lo único que ves, lo único que esperas, lo único que quieres ser. Por lo tanto, que venga alguien a echar todos tus principios por tierra, que te haga cuestionar tus muros -que eres tú mismo- es algo que no cabía dentro de tus planes, no podías llegar a imaginar que alguien podría irrumpir en tu caos personal -tranquilo y ordenado en su desastre- y quebrantar ese escudo impenetrable.
Pero lo hace. Y no solo una vez, en ocasiones incluso crea un túnel en el que tú no tienes poder; en ocasiones ya no eres tú quien tiene el control de tus cerraduras; en ocasiones estás tan aburrido de tí mismo que realmente era lo que necesitabas para empezar a aprender a vivir, un poco sólo, lo mínimo para darte cuenta de que las cosas no son siempre como lo son en tu caos -tampoco tan buenas como nunca has creído-, que se puede ser de otra manera, que puedes ser algo más que cuatro paredes y el esfuerzo por mantenerlas a cada instante.
Que, en ocasiones, se puede dejar de tener miedo. Dejar de intentar autoconvencerse de que hay que estar alerta, de que todo puede dañarte cuando menos te lo esperes.
Pues claro que puede dañarte -probablemente lo hará-, pero -como decía Benedetti- herirse no es desangrarse.

Y después, cuando se va, qué sucede, gritas.
Bien, siempre acaba sucediendo, es cierto, nada dura eternamente -O sí. Podríamos decir que el tiempo es subjetivo e intentar limitarlo todo y limitarnos es solo una excusa para no perdernos, cuando es justo lo que acabamos consiguiendo.- Y tú no vas a poder evitarlo, no vas a querer evitarlo.
Pero el puente sigue ahí. El agujero no lo va a llenar la tierra que arrastre el viento del portazo, no vas a saber reconstruir algo que desconoces cómo ha sido creado. Vas a sentirte frustrado y vas a querer -más que nunca- encerrarte en tus cuatro caóticas y frías paredes; y, a la vez, vas a necesitar que alguien vuelva a destruirte de esta manera.
No vas a sentirte como antes -no como entonces, di adiós a sentirte bien del todo en tu soledad permanente- hasta que algo consiga sorprenderte y fascinarte de nuevo.

Y luego, qué ocurre entonces, cómo puedes seguir en este momento, lloras.
Esto es solo el principio. Verás, has aprendido algo -no preguntes el qué-, has visto algo nuevo, has mirado más allá de las historias escritas en cada ladrillo, han resquebrajado tu muro y ahora no puedes dejar de mirar por esa maravillosa brecha. Esa brecha que no sólo es externa. Que te hace no arrepentirte de nada -no del dolor, no de la destrucción, no de la sensación de ser derrotado-.
Así pues, probablemente lo que ocurra que es no quiera dejar de mirarla, de esperar otra brecha -más grande, más destructiva, más sorprendente-, y otra, y otra.
Para que me enseñe cómo es ahí afuera.
Para que no quede nada que derrumbar.
Para poder salir.
Para poder aprender a vivir de verdad.

Que si es bueno o malo, dices.
Espero poder responderte algún día.

05 febrero, 2015

Sentirme partida por la mitad, no saber qué parte potenciar.
Querer desaparecer por un momento y que nada- ni el sol, ni el viento, ni los que pasan y te miran sin verte, ni tus propios muros, ni los coches aparcados en paralelo, ni la colilla aún humeante gritando desde el asfalto ardiente- pueda hacerte pensar en otra cosa.

Como una hoguera, frustrada e impotente a causa del viento.
Como esa ola que rompe antes de que nadie se haya fijado en su belleza.
Como esa sombra, proyectada en un callejón por la tenue luz de una farola a altas horas de la madrugada.
Como cuando necesitas llorar y lloras, aun sin saber por qué.
Como cuando quieres reír y te resulta imposible.
Como cuando andas por andar y te encuentras corriendo, huyendo -de ti mismo-.
Es triste.

Como ser un muro que te aisle del viento.
Como hacer una foto en el preciso momento en el que rompió aquella magnífica ola.
Como sacar la luz de dentro y ser capaz de disiparlo todo.
Como no querer derramar ni una sola lágrima más de lo necesario.
Como reír porque te resulta imposible parar, porque sí.
Como cuando encuentras algo -o alguien- a lo que llamar hogar, al que siempre vas a querer volver.
Es todo lo contrario.

Buscamos algo que nos dé lo que creemos no tener, algo que nos complemente.
Es triste.
Pensar que jamás podremos ser incondicionalmente.
Es triste y, a la vez, todo lo contrario.

25 enero, 2015

Adiós a las terceras personas e impersonalidades.

Echaba de menos estos agujeros negros. 
Esos que sientan en el banquillo a mi autodestrucción, que hacen que sea posible recordar sin que duela, esos que me ayudan a que la sonrisa dibujada no se emborrone -ya que hacen que cese de llover, aunque sea por unos minutos, aunque sea por unos segundos-.

Echaba de menos la risa de los desastres andantes que -sin proponérselo, claro está- han venido a salvarme.


Echaba de menos no sentir que me desangro a cada sonrisa y a cada buen gesto, 

echaba de menos este agradable dolor al mirar el sol y no apartarlo de mi vista.

Echaba de menos poder apartar la impersonalidad y dejarla para otra ocasión,

echaba de menos vivir sin miedo a derrumbarme en los abismos que mis propios pasos iban creando, aguantando un peso que nunca debió estar allí -y que he decidido no dejar ir-.

Echaba de menos ser mi lugar favorito y poder compartirme, 

y, ¿sabes?, echaba de menos algo que echase por tierra mis intentos de dejar de intentarlo.

Echaba de menos mi risa.

Mi risa, la de verdad, esa que nace en el estómago y no suele tener nombre, aunque lo tenga a veces -no uno, pero tampoco demasiados-.

Echaba de menos que lloviese sobre mojado y, aún así, poder notar cada gota como si jamás hubiese sucedido.

Echaba de menos mirar al caos a los ojos, dejar de rehuirlo.
Echaba de menos aceptar que nada va a ir bien -pero, a la vez, que tal vez pueda ir mejor-.

Echaba de menos que el efecto de los contratiempos fuese justo el contrario a su función.

Echaba de menos querer que sucediesen los accidentes de los que hablo, los que están entre líneas,
echaba de menos que quisieran que yo sucediera.
Y es que hay desastres que simplemente son preciosos,
dolores que son -además de necesarios- placenteros.

Echaba de menos dejar de crear muros para intentar no herirme,
dejar de intentar coserme y esperar estar como nueva.
Echaba de menos la naturalidad de la fatalidad,
echaba de menos la belleza de las hecatombes.

02 enero, 2015

"Fríos que queman."

El poder corrompe.
El no poder anula.

El querer impulsa.
El no querer entristece.

Porque el esperar desespera,
pero el no esperar también.

Porque a veces, poseer y carecer suele significar -paradójicamente- lo mismo.
Porque hay cánones en los que nos hundimos, agujeros que nosotros mismos cavamos, salidas que nunca encontramos por miedo a lo desconocido.
Porque hay batallas que es mejor perder, silencios que es mejor romper y miradas que hay que luchar.
Porque hay cadenas que forjamos nosotros mismos, caminando sin movernos -eslabón a eslabón- sin darnos cuenta de la monotonía, sin poder criticar, obviando la realidad.
Porque existe la felicidad momentánea, la alegría de los momentos, la felicidad que convertimos en meta, la felicidad como estilo de vida y luego está la felicidad que te define -la que no se puede definir-.
Porque hay lluvias que no se ven, lluvias que son interiores.

Así me siento yo.
Lluevo.
Por dentro.
Sin nubes ni agua.
Dicen que hace más frío cuánto más despejado está.
Fríos que queman.
Y yo, sin agua y sin nubes y con todo este espacio, a veces ardo.
LRL.